Alas

El eunuco se acercó a la fuente con desgana. Llevaba el mismo cuenco de plata en la mano izquierda, el mismo cuenco que hundía en la fuente de hidromiel tres veces al día. Mientras llenaba el recipiente, observó el reflejo de su torso desnudo: el pecho ancho, el cuello musculado, la nariz larga y recta, los ojos grandes, el negro cabello recogido en trenza. Sacó el cuenco colmado y lo sujetó con las dos manos. Avanzó hacia una esquina del jardín con parsimonia, con cuidado de no derramar ninguna gota. Al llegar al lugar que habían determinado para él, agachó la cabeza y elevó las manos que sujetaban la vasija, ofreciéndola al cielo. Decenas de mariposas se acercaron a libar, colibríes multicolores, algún escarabajo alado… Cuando cesó el zumbido encima de su cabeza, el eunuco bajó el cuenco vacío y miró sus musculados brazos inútiles.

Muerte de un fondista

Los espectadores aplaudían a rabiar y el sonido de las palmadas reverberaba por todo el estadio mientras el corredor seguía dando vueltas a la pista moviendo los brazos. Las pantallas mostraban la llegada del maratoniano al estadio: la saliva seca en la comisura de los labios, el cuerpo enjuto bañado en sudor, los ojos fuera de las órbitas y el continuo movimiento de brazos y piernas buscando la meta. Los aplausos iban disminuyendo, incómodos, pero el corredor seguía y seguía dando vueltas y obligaba a los espectadores a continuar con las loas. “¡Qué esfuerzo! ¡Es un titán!”. El realizador de televisión dirigió la cámara al campeón y en las pantallas gigantes se pudo ver con claridad el miedo, el grito mudo en los labios resecos: “Paradme. Paradme. Paradme”.

Bajo el árbol

De niño me pasaba la tarde de Reyes limpiando los zapatos. Frotaba y echaba betún hasta que me reflejaba en ellos y, solo entonces, los colocaba bajo el árbol. Inmaculados. Me lo ha recordado mi madre antes de colgarle el teléfono: “Llego tarde mamá, me esperan. Yo también os quiero”. Las luces de la calle iluminan los zapatos que mi mujer ha escogido para la cena. Camino descalzo a su alrededor. Los miro. Quieto. Plantado a dos metros de mis brillantes zapatos. Desenraizado.